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Autor: Paola

Yo también he estado un poco loca

Yo también he estado un poco loca

Un día mi mundo comenzó a desmoronarse y decidí ignorarlo. Bueno ni siquiera lo llamaría decisión, lo hice sin más. Bloqueé lo que estaba sucediendo, no fui capaz de asimilar tanto cambio y tanta pérdida y me engañé tan bien que por poco desaparezco. Una vez en el metro me tropecé sin querer con mi reflejo en la puerta del vagón y no fui capaz de reconocerme. Tal cual lo cuento, no es una forma de hablar. Se supone que esa chica era yo, pero yo no era. Ese pelo, esa cara, ese gesto, esa ropa, no tenían nada que ver conmigo. Esa no soy yo -me decía con los ojos como platos y el mundo suspendido alrededor-. Me miraba como quien ve un extraterrestre, con incredulidad, con asco si me apuras. No podía ser, no era yo. Despersonalización se llama este tipo de experiencia. Y no iba fumada.

Por aquel entonces lloraba y lloraba una tristeza que «tampoco era mía». La ansiedad me estrujaba el estómago por las mañanas tan fuerte que no me daba tiempo a pensar un solo pensamiento antes de empezar a brotar las lágrimas. Lloraba mientras comía, lloraba en el autobús, lloraba en clase y en la biblioteca. Me iba a llorar a los parques y a rincones con encanto, plazas, calles, cafeterías. Al menos en ese sentido mimaba mi llorar (y me recreaba un poco también). Excepto cuando me relacionaba con alguien de mi entorno más cercano (ya que vivía aparentando que todo estaba bien) o me perdía con cualquiera que me sacase de mi mundo, se podría decir que me pasaba el día llorando. Pero yo no tenía motivos para llorar, no los encontraba. Lloro sin saber por qué, me estoy volviendo loca -pensaba continuamente-. Me estoy volviendo loca. Estuve meses llorando a diario, un día tras otro. Completamente disociada.

¿Sabes lo que ocurre en un coche cuando pisas el acelerador sin meter marcha? Así funcionaba mi mente por aquella época, súper-híper-revolucionada al margen del resto del mecanismo. Es una auténtica locura producir y tratar de atender cantidades ingentes de pensamientos por minuto. Atender y tratar de ordenar, de poner todo en su sitio, de que todo vuelva a la normalidad (esa que se desmorona implacable…) Casi cada estímulo, cada interacción con alguien, cada recuerdo desencadenaba un aluvión de pensamientos. Tanto es así, que por momentos llegaba a colapsarse y desconectarse del todo. Recuerdo como si fuera ayer una mañana en que mi cuerpo quedó catatónico. Llevaba un rato estudiando en la biblioteca de la facultad de psicología de Somosagüas y me quería levantar de la silla. Necesitaba tomar aire, salir a la calle, me estaba agobiando… pero no me movía. Y yo me repetía muévete, Paola, muévete, muévete, me quiero mover, me quiero ir. Tenía la ventana a mi derecha, podía sentir el exterior, la luz, el sol. Pero nada, no movía ni un músculo. Muchísima angustia por dentro, una estatua por fuera. Y lo peor es que de alguna manera sabía que era yo la que ordenaba quietud. Tardé un buen rato en conseguirlo o a mí se me hizo eterno, no sé, la verdad. También me ocurrió varias mañanas, parálisis del sueño lo llaman, que es como tener una pesadilla despierta. Es una experiencia horrible, cuanto más te resistes más horrible. Tu mente se despierta, abres los ojos y cuando vas a moverte encuentras que tu cuerpo está profundamente dormido, ni hablar se puede. Y lo mismo: quería moverme, iba probando a ver si respondía una mano, la garganta, una pierna, ¡algo! y nada. He de confesar que me ayudó haber visto Kill Bill y su «mueve el dedo gordo». Alguna vez me concentré mucho mucho en un dedo de la mano y decidí persistir en la orden hasta que se moviera y así conseguí despertar al cuerpo desde ahí. Pero sólo alguna vez y me llevó mi tiempo. Una puta locura todo. Hasta hace nada era una adolescente normal que disfrutaba saliendo con mis amigas, jugaba al baloncesto, sacaba buenas notas, tenía un novio con el que me llevaba genial y aunque no fuera todo perfecto ni mucho menos yo tenía sensación de normalidad, de tener las riendas, de vivir mi día a día, sin más. La verdad que ahora lo pienso y me da mucha pena darme cuenta de lo sola que viví esta etapa, esta locura que iba a más y no a menos.

A todo esto se sumó una inseguridad atroz que llegaba a límites absurdos, sobre todo si fumaba porros, que era prácticamente a diario. Tengo grabada una escena, me tenía que subir a la furgoneta de un amigo por el lado del copiloto, una furgoneta alta, y recuerdo sentirme insegura por si subía mal y se daban cuenta. Sé que no tiene sentido pero lo vivía así, yo pensaba «seguro que hay una forma correcta de subir y yo voy a poner el pie o apoyar la mano donde no se debe…» Y algo tan simple como esto me bloqueaba y me aterrorizaba. Vivía con la amenaza constante del rechazo, de la burla o del desprecio por cada palabra o gesto que salía de mí. Me cuestionaba todo el tiempo, continuamente. Antes o después se darían cuenta de que era un fraude, que no era lo que ellos pensaban, que en realidad no valía nada, que no había nada dentro de mí. Ellos eran mi familia, mis mejores amigas, mis compañeros de clase. Ellos era todo el mundo. En última instancia, ellos era yo.

Me emociona muchísimo recordar toda esa locura. Ahora puedo amar profundamente a esa Paolita tan miedosa como valiente. Me admiro, de verdad que no es fácil caminar cuando desaparece el camino, las vallas, el paisaje, tus pies te parecen de otro y el destino al que te dirigías pierde todo su atractivo o ha desaparecido y no hay nada en su lugar. La nada es jodida, y más aun si te ves sin fuerzas, sin ganas, con miedos desconocidos y la cabeza mientras tanto te juega malas pasadas. No fue fácil avanzar en la tormenta mientras me llovían las hostias por todos los frentes. Y muchísimo menos aun, asumir que la mayoría me las buscaba yo, porque esa es otra, no estaba precisamente en mi mejor versión, tomé muchas malas decisiones, mentí, robé (siempre a grandes superficies, por lo menos tenía mi ética como ladrona), permanecí cerca de quien no me quería bien y me alejé de quien sí lo hacía, me acosté con chicos sin deseo, por inercia o por no decir que no (supongo que buscando cariño también), descuidé mi salud y mi aspecto, me escondí en mi misma en lugar de pedir ayuda, etc., etc. Pero lo hice. Seguí caminando.

Al cabo de un tiempo, probablemente cuando dejé los porros, fueron desapareciendo los estados disociativos, amainaron un poco la ansiedad generalizada y la tristeza constante y empecé a alternar con periodos un poquito demasiado eufóricos, hipomaniacos si nos ponemos técnicos. Supongo que será un mecanismo de compensación de la mente, tanto tiempo bajo tierra te lleva a la luna a la que tiene ocasión. La putada es que cuando creía que ya había pasado todo y que además era super sabia y la ostia en verso porque había aprendido muchísimo y tenía las claves de la vida, entonces, venía el bajón. Y la ostia era terrible. Volver a conectar con las inseguridades, la tristeza, el vacío interior, el sinsentido de la vida, etc., es desesperante. Muy desesperanzador. La sensación de que había algo roto en mí, que nunca iba a salir. Que no tenía ganas ni fuerzas ni encontraba sentido al mundo. No andaba desencaminado el psiquiatra que visité en un momento de lucidez cuando me sugirió que podía tratarse de ciclotimia lo que me pasaba, que para quien no lo sepa es como un trastorno bipolar o maniaco-depresivo, pero leve. También barajó la posibilidad de un trastorno límite de la personalidad… unas etiquetas preciosas y que la dejan a una muy tranquila. No, ahora en serio, las etiquetas acojonan, pero cierto es que me han dado una guía y que la verdad es que he vivido años de subidas y bajadas emocionales y tenía rasgos del trastorno límite (yo creo que ya menos) y darme cuenta me ha ayudado a conocerme y regularme. Y dar con buenos terapeutas me ha ayudado, entre otras muchas cosas, a aceptarlo. A aceptarme.

En fin, me podría extender en síntomas que he ido teniendo como que se me caiga el pelo a cachos dejando calvas del tamaño de monedas de entre 10 céntimos y dos euros; relaciones en las que me he metido con personas mucho más perdidas que yo; los bandazos que he ido dando a lo largo de casi veinte años… y también podría contar cómo poco a poco fui encontrando el camino de vuelta a la bendita normalidad, cómo siempre o casi siempre tuve al menos un cable que me conectaba a tierra, qué conductas, qué terapeutas y terapias, qué libros, que actividades, qué vivencias e incluso qué bailes me han ayudado llegar sana y salva al momento más dulce sin duda de mi vida adulta, pero eso es otra historia.

Aquí lo dejo.

Si comparto pinceladas o brochazos de mi locura es por que igual hay alguien perdido/a que por algún casual da con esta página. Por si se puede reconocer en algo, que no se sienta solo o sola, que no desespere, que se quiera mucho, que pida ayuda, toda la que haga falta. Que somos muchos y muchas las que perdemos la cabeza en algún momento de nuestra vida, que puede durar unas horas como un mal viaje o hasta meses y años, pero no siempre lo contamos. Y contarlo ayuda.  

La imagen pertenece a la película de Almodóvar Mujeres al borde de un ataque de nervios.

¿Tienes un imán para las parejas problemáticas?

¿Tienes un imán para las parejas problemáticas?

Codependencia, la dependencia a los problemas de los demás.

Las parejas se pueden volver tremendamente destructivas y si desde fuera parece una locura desde dentro es una paranoia en la que no te entiendes ni tú. Con esta entrada me gustaría darte algunas pistas para que puedas empezar a entenderte y ver más allá.

Esos son los hechos: tu relación te hace sufrir, tu pareja es problemática, tus amigos/as se preguntan qué haces con esa persona, tienes claro que esto no es lo que quieres en tu vida y al mismo tiempo no quieres dejarlo, vives entre el infierno y el paraíso y cada vez el paraíso se hace más esporádico y el infierno más tu día a día… ¿te reconoces? A veces no sabes cómo has llegado hasta aquí. Sin embargo, pensarás, mi relación es mucho más, es algo especial, cuando estamos bien nos queremos muchísimo, nos entendemos, todo fluye…

Para empezar te invito a que dejes a un lado la idea de un amor especial y complicado que solo vosotros entendéis (aunque así sea, que no lo pongo en duda), el recuerdo de lo mágico que fue el comienzo y la fantasía de lo increíble que podría ser vuestra relación si fuera como al principio o como cuando va bien y te abras a aceptar una posible realidad paralela: la realidad es que tu vida no te gusta, tu relación te hace daño y no puedes evitarlo.

Te dejo una lista de síntomas o vivencias que te pueden indicar que tu imán para las parejas problemáticas se llama Codependencia, y consiste en una preocupación excesiva y disfuncional hacia los problemas de los demás.

Posibles señales de tu adicción

  • Vives obsesionado/a con la relación, la tienes todo el día en la cabeza, como un yonki
  • Ya no te llena ni te hace feliz más que puntualmente, pero vives esperando esos momentos de plenitud
  • Tu estado emocional y mental es una montaña rusa: odias, amas, te encanta, te cae mal, te sientes superior, te sientes culpable, piensas que es el amor de tu vida, piensas que es un loco o una loca peligrosa…
  • Consideras que tú eres la persona cuerda, la que está bien y él/ella es la que está dañada
  • En el fondo piensas que tiene suerte de haberte encontrado
  • De alguna manera te sientes responsable de él o ella, eres consciente de sus carencias y crees que puedes sanarlas con amor y sabiduría
  • Ves en él/ella un diamante en bruto que no ha tenido suerte en la vida y tú le vas a dar esa oportunidad de brillar
  • Sientes que ayudarlo/a es como tu misión en la vida y por tanto, como todo héroe o toda heroína, vas a pasar momentos duros y a hacer sacrificios personales
  • De alguna manera la otra persona te responsabiliza de su bienestar, si es feliz es gracias a ti, si sufre es por tu culpa
  • Los conflictos te limitan, mides las palabras, lo que haces y cómo lo haces siempre anticipando cómo le sentará.
  • Empiezas a evitar conversaciones, planes, personas o situaciones para asegurar tu tranquilidad, que no terminen en drama.
  • Las reconciliaciones son una maravilla, un placer para los sentidos y el corazón, te enamoras del mundo, te da fuerzas para lo que haga falta.
  • Las reconciliaciones se vuelven menos intensas y tardan más en llegar
  • Los problemas continúan, da igual la energía que le pongas a prevenir y solucionar
  • Empiezas a mentir a tu entorno, maquillas situaciones y peleas porque sabes que suenan fatal, ocultas datos.
  • Sabes lo que te van a decir tus amigos, pero no los quieres escuchar.
  • Crees que tu entorno no entiende la naturaleza de vuestro amor y no lo conocen a él o a ella tanto como tú.
  • En el fondo sabes qué deberías hacer, hay momentos de lucidez en que lo ves clarísimo, pero te ves incapaz o no quieres aceptarlo todavía.
  • Te avergüenzas en silencio de hasta dónde estás llegando (de faltas de respeto o de celos, histeria, pollos monumentales, desprecios, chantajes emocionales, ansiedad, lo que has perdido o abandonado por el camino)
  • Ocultas tu estado de ánimo, te aíslas.
  • Te juntas con gente tan perdida como tú, con relaciones tan deterioradas como la tuya y te convences de que el amor es así, una lucha constante, que el amor bonito y tranquilo no existe o no está hecho para ti.
  • Normalizas la ansiedad y el maltrato.
  • Te convences de que así es la vida, que los tíos son todos unos… o las tías todas unas…
  • El miedo a que se acabe es visceral, inconsciente. Con la cabeza puedes entender que estarías mejor fuera de esta relación, pero si el final se acerca lo único que quieres y necesitas y deseas es estar con él, estar con ella.
  • Si llega el día en que no puedes más y decides dejarlo entonces te toca enfrentarte a la traca final, la gran manipulación en dos actos: uno, eres el malo de la película. Eres la traidora, la desleal, la que abandona y tira la toalla. Parece que le dieras la razón en todo lo que te ha reprochado durante toda la relación.
  • La otro acto de la traca final es la reconquista. Eres el amor de su vida, no puede vivir sin ti, se da cuenta de todo lo que te hace daño, se da cuenta de todo lo que anda mal en él/ella y te convence de que va a cambiar porque parece que por fin te ve y porque en ese momento está convencido/a de que quiere cambiar, lo dice con el corazón.
  • Y tú que estás hecha/o un lío, que lo que más deseas es estar bien, como al principio y estás triste y le/la quieres… compras su versión. Y vuelves a empezar, a reconciliarte, a inundarte de amor, a creer… y a darte de ostias con la realidad.

Podría seguir poniendo ejemplos pero creo que es suficiente para que te hagas una idea.

Lo difícil es darte cuenta de que tienes un problema,

La buena noticia es que tiene solución.

No sé lo que me pasa

No sé lo que me pasa

Si es tu caso no te preocupes, hay solución,

pero hay que ocuparse.

Esta es una consulta bastante habitual, pacientes que saben que algo anda mal pero no saben muy bien qué ni por qué, no se reconocen. Personas consideradas fuertes que se sienten débiles, personas alegres que se sienten tristes o personas tranquilas y pacíficas que de un tiempo a esta parte se irritan y enfadan a la mínima. Ocurre constantemente, los personajes entran en crisis.

  • “Yo no soy así”
  • “yo siempre he sido una persona alegre y últimamente tengo ganas de llorar”
  • “a mí siempre me ha gustado estar con gente para arriba y para abajo y ahora no me apetece salir de casa ni ver a nadie”
  • “no puedo controlarme”
  • “hasta ahora he sido una persona muy segura y de un tiempo a esta parte me da miedo todo”

Lo primero, decir que igual no es tan mala noticia que te ocurra esto, por inquietante e incómodo que sea, que lo es. Mi primer profesor-maestro, Pablo Población, solía dar la enhorabuena a la gente que llegaba en crisis a su consulta porque consideraba que era una auténtica oportunidad. Además, la vulnerabilidad, como la tristeza, la rabia o el miedo forman parte de la vida y si nunca antes lo habías experimentado así, ésta es una oportunidad de aprender a manejarlo, a sostenerlo, a escucharlo. Puedes hacerlo, aunque lo que de verdad quieres es que se pase cuanto antes y vuelvas a ser la que o el que eras, puedes hacerlo y es bueno que lo hagas, al fin y al cabo esto también forma parte de la vida y está bien saber que somos capaces de sobrellevarlo mientras buscamos solución. También es una buena ocasión para entender a otras personas a las que antes, cuando las cosas no te afectaban así, eras incapaz de entender, ¿a las que antes juzgabas? no tiene por qué pero es bastante común, la mayoría juzgamos aunque sea sutilmente lo que no somos capaces de entender, y cuando pasamos por lo mismo, ¡vaya si nos acordamos y vaya si entendemos!

No es lo mismo tirar para adelante sin dejar que las cosas te afecten que tirar para adelante cuando ya estás afectado, tocado y hundido.

No es lo mismo tirar para adelante sin dejar que las cosas te afecten, a base de voluntad y tenacidad, de alegría y buen rollo o de inteligencia, que tirar para adelante cuando ya estás afectado tocado y hundido. La segunda es mucho más difícil y superarlo aporta no sólo fortaleza, sino también crecimiento y sabiduría.

¿CUÁL ES LA CAUSA?

Por mi experiencia profesional y también personal puedo decir que, en la mayoría de los casos, la causa o causas están a la vista, bien en el presente o bien en el pasado. No es una enfermedad rara ni un trastorno mental espontáneo (aunque siempre viene bien descartar problemas de salud). No te has vuelto así, no te vas a quedar así. La mayor parte de las veces hay suficientes motivos en la vida de la persona como para estar como está. El problema es que la persona no ha dado importancia a esos motivos, no ha dejado que éstos le afecten. Y si no los meten en la ecuación difícilmente van a despejar la incógnita.

Las emociones no aparecen porque sí, las emociones son el mensajero, no el mensaje, te informan de que algo está desatendido, de que hay necesidades sin cubrir.

Por increíble que parezca, en la mayoría de los casos hay pérdidas, cambios vitales, separaciones, conflictos relacionales, decepciones… digo increíble porque visto desde fuera cualquiera puede sumar dos más dos, es decir, cualquiera puede darse cuenta de que este tipo de situaciones generan reacciones emocionales. Sin embargo no siempre es así, nuestro orgullo, nuestro ego, nuestra cultura o nuestras defensas neuróticas nos pueden cegar y llevarnos a pensar que esos motivos no tienen nada que ver o que no son suficiente.

En más de una ocasión me he encontrado con pacientes que dicen no tener motivos para estar como están y al indagar un poco ha resultado que algún familiar cercano o incluso él/ella misma tiene cáncer, o que se murió su padre hace unos meses, su pareja le ha sido infiel o se está separando, su trabajo pende de un hilo, lleva meses sin hablar con su mejor amigo, con el que era uña y carne, su madre tiene un trastorno mental (diagnosticado o no) que hace la relación insoportable… y mil cosas más. Esta es una pequeña muestra de las muchas situaciones que normalizamos sin darnos cuenta de hasta qué punto sí nos afectan, sí nos duelen, sí nos cabrean, nos desequilibran y nos trastocan la vida. Normalizamos el malestar.

¿CUÁL ES LA SOLUCIÓN?

La solución es tan simple como compleja. La solución empieza por aceptar tu realidad, aceptarte estando como estás. Como dijo Carl Gustav Jung, lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma. Asúmelo, no es una anomalía, es una realidad, tú realidad. Luchar contra ello y pretender estar «como siempre» es, además de una pérdida de energía, una locura. Es como si tu coche empieza a fallar, se enciende un testigo, la lucecita del motor o del aceite o varios a la vez y tú decides que no le pasa nada y te empeñas en conducirlo como siempre, por donde siempre, sin revisar, aunque no vaya igual, aunque haga ruidos raros y vaya a trompicones o no tire… ¿No suena muy loco? pues con nosotros es igual, si no estamos bien no estamos bien, nos guste o no, y lo primero es aceptarlo.

El siguiente paso sería explorar tus vivencias. Como decía al principio la causa del «malestar espontáneo» casi siempre está en las situaciones que nos ha tocado o nos está tocando vivir. Si estás completamente perdido/a puedes comenzar haciendo una lista, un currículum de pérdidas. Esto consiste en hacer repaso de todas las pérdidas que has experimentado a lo largo de tu vida. Coger algo para escribir y apuntarlas una a una. Puede ser un cambio de colegio, el fin de una época (como por ejemplo el fin de un equipo de baloncesto en el que estuviste desde que eras una niña o un niño), puede ser la muerte de alguien querido, la separación de tus padres, una enfermedad, un accidente, pérdidas económicas o de trabajo, a veces incluso la pérdida de la infancia o de la infancia de tus hijos que de alguna manera le daba sentido a tu vida. La pérdida de estatus, de la amistad, del amor.

Si haces un ejercicio honesto y te vas preguntando, en cada una de las experiencias de pérdida que hayas identificado ¿Qué perdí con esto? ¿Qué se fue con esta persona, con este trabajo, con la salud? ¿Cómo cambió mi manera de ver el mundo, de entender las relaciones, cómo cambió mi autoimagen, mi identidad? Muchas veces nos encontramos con que perdimos la alegría y no nos dimos ni cuenta, o la tranquilidad y no hemos vuelto a descansar, a relajarnos, o perdimos el mejor o la mejor compañera que habíamos tenido, o la ilusión, las ganas de jugar o soñar. La inocencia la solemos perder en algún momento. O perdimos la confianza, la seguridad, a un referente, a alguien que nos guiara. También podemos haber perdido destreza, inspiración, fuerza, capacidad cognitiva o simplemente la sensación de ser útiles. Podemos haber dejado de creer en el amor, aunque lo deseemos con todas nuestras fuerzas.

Si llegas a este punto es muy probable que necesites tiempo para digerir lo que se te hizo o se te está haciendo bola. Cuando construimos barreras y defensas es porque las necesitamos, porque con los recursos que tenemos no podemos afrontar lo que nos ocurre, así que cuando empezamos a asomarnos a través de las barreras o el propio dolor se derrama, necesitamos tiempo y cariño para elaborarlo y digerirlo.

Haz una lista de pérdidas o situaciones que no van bien en tu vida

Pregúntate qué se rompió, qué perdiste, cómo ha cambiado la idea que tienes de los demás o de ti mismo/a

Y date el tiempo que necesites para elaborar, para digerir.

Obviamente, si no has sabido o no has podido darle la importancia en su momento (a veces no nos lo podemos permitir) no va a ser fácil hacerlo ahora, las defensas que te alejan del sufrimiento siguen ahí, aunque se estén resquebrajando, y es posible que aun no te permitan mirar hacia dentro, no te permitan conectar y te lleven a pensar «esto no es» o «esto está superado» o «sigo perdida, sigo perdido». En cualquier caso sabes que algo te pasa. Si eres capar de verlo y te das cuenta de que no puedes solo/a, pide ayuda.

La psicoterapia ofrece un espacio y un acompañamiento para poder indagar, recursos para sacar a la luz lo que estaba a oscuras, para ayudarte a entender, ayudarte a aceptar y transitar y dejar atrás el dolor. Tiempo, espacio, acompañamiento y recursos para poder, paso a paso, recuperar el bienestar.

¿Confiar en mi? Por qué no

¿Confiar en mi? Por qué no

El otro día le pregunté a mi amiga Carmen qué le gustaría leer en un blog de psicología y entre las opciones que me dio, que fueron unas cuantas lo cual agradezco, hubo una que me llamó la atención porque me he visto en esas muchas veces y fue algo así como qué hacer para confiar en lo que piensas, en tus decisiones, en tu criterio, para no dejarse llevar por los demás.

Se me ocurren varias cosas.

  1. Conocer tu criterio, darle forma. Antes no me paraba a pensar, en cuanto alguien cuestionaba lo que decía o exponía una opinión distinta con énfasis y que sonara razonable no tardaba en descartar la mía. En parte creo que tiene que ver con la capacidad de entender distintos puntos de vista, tener la mente abierta y eso en principio no es malo. Pero es incómodo cuando ocurre a menudo o cuando llegas a casa después de una discusión o un debate y te dices, ¿por qué le habré dado la razón? ¿por qué habré dicho esto o lo otro? Bueno pues en mi experiencia esto ocurre cuando no te paras a pensar qué piensas realmente, de dónde viene tu opinión, en qué se fundamenta. A veces es una sensación, una intuición y si no eres consciente de esto es difícil sostenerlo porque no sabes por qué defiendes lo que estás defendiendo, pero si te paras a escuchar, si te preguntas ¿por qué tengo esta postura? aparecen las respuestas y si la respuesta es que lo sientes así, resulta liberador darse cuenta y poder expresarlo, decir tranquilamente mira, no te lo se explicar, es una sensación, igual me equivoco pero tengo la sensación de que van por ahí los tiros. Otras veces es más que una mera intuición y si te paras a pensar encontrarás argumentos, situaciones que apoyen tu criterio, algo que escuchaste, algo que leíste, una conversación previa, algo en lo que has estado pensando. La clave aquí es pararse a pensar, escucharte, preguntarte.
  2. Escuchar al cuerpo. también tiene qué opinar y nos da señales. Puede pasar que hay un gran deseo de que lo que pienses sea verdad, pero en realidad no lo tienes tan claro. Por lo que sea, porque te conviene que sea verdad, porque es algo que llevas defendiendo tiempo y te da vergüenza admitir que no tiene tanto peso como creías, lo que sea. El caso es que ese deseo nos nubla. Esto yo lo noto mucho a nivel corporal, se empieza a tocar el tema en cuestión y me noto tensa o irritada, es algo digamos visceral. Viene bien escuchar a tu cuerpo «esto me está tensando, este tema me remueve» y de nuevo pararse a pensar, preguntarte ¿por qué es esto importante para mí, por qué necesito que sea verdad, por qué prefiero pasar de puntillas y no exponerme demasiado? a lo mejor descubres que se te puede desmontar el chiringuito si profundizas demasiado y prefieres mantener tu criterio oculto pero seguro a sacarlo a la luz y que se venga abajo. Aquí la clave para mí sería la escucha, la introspección, puede que se te desmonte el chiringuito pero te conocerás más como persona y la necesidad que hay de fondo estará siendo atendida.
  3. Contar con el miedo a equivocarnos. El miedo al rechazo que todos, en mayor o menor medida, experimentamos ante los demás. Yo opino esto, pero ¿y si es una gilipollez? ¿y si no tengo ni puta idea y digo una tontería? ¿y si quedo como un/una… (rellenar con nuestros temores)? La solución es sencilla, contar con esa posibilidad. Parece una tontería pero si dices algo consciente de que igual te estás equivocando estás abierto a saber en qué te equivocas, a conocer una visión, una manera de hacer las cosas, algo que se supone que debías saber… y eso, además de sabio, es práctico, y te genera un nuevo criterio. No te vas a lo que piensa el otro sino que eres tú quien desarrolla ese pensamiento gracias al otro. Va un poco en la línea de mi reflexión acerca de la humildad de mi entrada anterior.

Resumiendo mucho sería algo así como darte tiempo para tener una conversación contigo misma, preguntarte cosas y conocer lo que hay debajo o lo que acompaña tu forma de pensar, tu criterio.

– A ver, ¿es esto lo que pienso o aparece en mi mente por inercia?, – sí sí, es lo que pienso, por esto por esto y por esto, – vale ¿y por qué me siento insegura?, – porque suena raro o porque no es lo que creo que esperan que diga, – ah vale, esto es lo que pienso y esto es lo que me pasa, ok, ahora puedo expresarme: Igual suena raro pero yo lo que pienso es esto, por esto por esto y por esto.

– ¿Por qué no me atrevo a decir que me estoy planteando tomar esta decisión?, – porque no tengo claro que sea una buena idea y además a la persona que tengo enfrente seguro que le parece fatal, – pero aun así me atrae, – y qué me atrae, – esto, – ok pues ya puedo comentar lo que me pasa: me estoy planteando tomar esta decisión, no tengo claro que sea una buena idea pero a la vez me atrae por esto. Igual te sorprende la reacción de la persona. Se genera más entendimiento cuando además de la decisión compartes algo más de ti y expresas lo que te pasa a ti con esa decisión, lo que significa para ti, el sentido que le das.

Resumiendo muchísimo, tiene que ver con atendernos.

Bueno Carmen, pues esto es lo que me ha salido, del tirón sin pensarlo mucho, no sé si te servirá de algo pero me ha gustado escribirlo.

La humildad y lo bien que sienta.

La humildad y lo bien que sienta.

Según la Real Academia de la Lengua Española, la humildad es la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.

En terapia, o cuando queremos superar una situación o una vivencia interna de malestar, es imprescindible tener algo de humildad, un momento de lucidez que nos ayude a ver la realidad de nuestra situación. Sin tapujos, sin miedos ni prejuicios.

Poder reconocer que algo no anda bien en nuestra vida. Dejar de intentar las mismas soluciones y probar otras nuevas. Pedir ayuda y aceptar la ayuda que se nos ofrece. (A veces nuestra soberbia nos lleva a desvalorizar lo que más necesitamos)

El Maestro Tortuga, maestro de lo simple.

No es fácil reconocer nuestra fragilidad, ni que lo que creíamos verdades absolutas o soluciones perfectas ahora ya no tienen sentido, solo fueron verdad en el pasado cuando todo funcionaba. Muchas de nuestras creencias más arraigadas acerca de nosotros mismos, de los demás y del mundo que nos rodea, casi cimientos de nuestra mente, se tambalean en los periodos de crisis, por más que lo intentemos nuestro presente no encaja en ellas. Lo que nos está pasando, sea lo que sea, nos tiene sufriendo y nuestra manera de estar en el mundo ya no nos sostiene, no nos sirve.

El valor para asumir todo esto nos lo da la humildad, es algo simple, es una sensación ligera, como de quitarte un peso enorme de encima. La humildad te permite ver el escenario completo, los cimientos tambaleándose y a nosotros mismos obcecados en seguir construyendo sobre esos cimientos. Nos permite ir a la base, observar desde nuestro centro. Desde ahí nos permite replantearnos el proyecto, no hace falta tirarlo abajo, o quizás sí y empezar de cero, en cualquier caso, y paradójicamente, cuando nos hacemos conscientes y nos hacemos cargo de nuestros límites y debilidades, se amplía nuestra visión y por tanto, aumentan nuestras posibilidades reales de recuperar el bienestar. O dicho en las palabras del Maestro Shifu (el maestro de Kung Fu Panda)

Si haces únicamente lo que puedes hacer, entonces serás más de lo que eres ahora.

– Maestro Shifu

Por ejemplo, hay una creencia popular que dice que la depresión y esas tonterías se quitan con un pico y una pala, es decir, currando. Y no le quito razón, mientras funciona, pero ¿qué pasa cuando piensas así y por más que trabajas y te esfuerzas no se te pasan las tonterías? pues que acabas de dar con un límite, el poder curativo del trabajo duro tiene un límite y ya no encuentras la fortaleza que te daba, acabas de encontrarte con tu debilidad.

Otro ejemplo, las personas que siempre están alegres, personas con capacidad de tomarse los problemas con filosofía y tirar pa´alante con lo que sea años y años, personas en las que se apoyan sus amigos y familiares porque saben que van a encontrar una sonrisa, una palabra de aliento, un ofrecimiento de ayuda. El día que estas personas se quiebran lo pasan fatal y no las culpo, porque no se reconocen, porque no tenían ni idea lo que era estar desganadas, negativas, inseguras. «Esta no soy yo» dicen entre lágrimas, como avergonzándose de llorar, mucha gente en consulta pide perdón por llorar. Se han dado de bruces con sus límites, su capacidad de tirar pa´alante de la manera en que lo hacían ya no funciona. Y además no saben estar de otra manera que no sea alegres y positivas y con fuerza, no saben estar débiles.

En las parejas se puede observar esto también, cuando la relación está muriendo, qué difícil y qué duro es asumirlo, decir «hasta aquí». Sobre todo si hemos creído en ellas, relaciones en las que hay proyecto de futuro, hay un pasado con su historia de amor y sus dificultades y superaciones. Y no queremos romper con ese pasado ni con ese futuro, pero en el presente no somos felices. En el presente la relación no nos nutre, nos está haciendo daño, nos apagamos. Qué difícil afrontarlo, reconocer nuestro límite, no puedo más, no quiero más. Y reconocer nuestra debilidad, nuestra rabia, nuestro miedo a equivocarnos, a quedarnos solos, a ser juzgados por la sociedad.

En todos estos casos podemos seguir insistiendo, más pico y pala, más fuerza y sonrisa, más carne en el asador. Podemos aferrarnos a nuestras ideas y seguir hasta reventar o hasta apagarnos y convertirnos en la sombra de lo que somos, o podemos parar, respirar, tomar un poco de distancia, observar y ser honestos con nosotros mismos: algo no funciona.

La humildad, como concepto moral, como se entiende en la calle, tiene que ver con no mostrarse soberbio, admitir los errores, pensar en los demás, estar dispuesto a aprender de quien sabe más que tú… Es una virtud de cara a los demás. De lo que yo hablo aquí es de la experiencia interna, de la sensación de alivio y de paz que encontramos en la relación con nosotros mismos cuando somos capaces de asumir lo que nos está pasando. Sin luchar con nuestras creencias, sin luchar con nuestra soberbia, poder reconocer la realidad y asumirla. Es lo que hay.

Tengo ansiedad, lo reconozco, lo asumo.

Tenía razón mi prima, lo reconozco, lo asumo.

Me jode que tenga razón mi prima, lo reconozco, lo asumo.

¿Y si no se me pasa? me da miedo que no se me pase, lo reconozco, lo asumo.

Y ahora qué, cómo se hace, no lo sé, bueno pues esto también es lo que hay, no sé qué hacer. Lo reconozco y lo asumo. La vida continúa.

Éste es el punto de inflexión, la humildad es el punto de inflexión porque, como decía más arriba, cuando nos hacemos conscientes y nos hacemos cargo de nuestros límites y debilidades, se amplía nuestra visión y por tanto, aumentan nuestras posibilidades reales de recuperar el bienestar.

Os recomiendo la película, Kung Fu Panda, si no la habéis visto ya.

El duelo

El duelo

Si hay algo que nos sacude la vida es la pérdida. Normalmente de alguien querido, pero también de lugares, proyectos, salud, etc. Esta sacudida nos puede ayudar a crecer, en tanto que seremos más capaces de aceptar las cosas como vienen, y a la vez de valorar más y por tanto vivir más presentes cada momento. Pero también nos puede dejar atascados en un pasado que no va a volver o huyendo eternamente del dolor como pollo sin cabeza.

Llevo años interesada en los procesos de duelo. Si te interesa profundizar te invito a conocer a Jose González, como persona es un encanto, un tío cercano y divertido y además es el mayor experto en duelo que conozco. Creo que ha sacado o está a punto de sacar un libro y en su página web hay distintas formaciones que recomiendo encarecidamente.

A continuación os dejo un cortometraje de animación que trata el tema de la muerte, simpático, y después del corto comparto ciertas nociones básicas que pueden ayudar a la hora de afrontar un duelo, ya sea para superarlo o para acompañar a otra persona.

Nociones que nos ayudan a superar la pérdida.

  • El objetivo debe ser muy humilde ir paso a paso, ver cómo puedes estar un poco menos mal. Y así, pasito a pasito, pasas del «menos mal» a «algo soportable» de ahí al «a veces hasta paso un rato agradable», «empiezo a disfrutar de ciertas cosas»… Si te pones expectativas demasiado ambiciosas puedes frustrarte y añadir sufrimiento y culpa por no ser capaz de sentirte bien, de ser el o la que eras. Paso a paso te respetas, paso a paso te permites digerirlo, paso a paso te cuidas mientras avanzas.
  • Nuestras relaciones cambian. Aceptemos eso. Ante una pérdida las personas que creíamos iban a estar cerca pueden no estarlo, pueden estar gestionando los cambios a su manera, es normal. Sin embargo probablemente haya otras con las que no contábamos. Para vivir en paz este proceso y no añadir sufrimiento, no luchemos contra esto, no pretendamos que nuestros seres queridos estén para nosotros como y cuando lo necesitemos. Nos podemos enriquecer con el apoyo de quien está en condiciones para ofrecerlo.
  • Expresión emocional. Durante el proceso de duelo es fundamental aceptar nuestras emociones, sean las que sean (rabia, tristeza, culpa, ira, alivio…) darnos permiso para sentir lo que sea que estemos sintiendo. Sin juzgarnos. Da igual si esperábamos estar tristes y estamos cabreados o si sentimos alivio y nos sentimos fatal por ello. Todas las emociones son válidas. Todas. Y lo que más ayuda es expresarlas. Hablar con amigos, familiares, compañeros, terapeutas. Desahogarnos en un diario, escribir una carta a la persona o aquello perdido con todo lo que no pudimos decir o valorar en su momento. Asistir a grupos de encuentro de personas que estén pasando por lo mismo. Pintar cuadros, escribir poemas, golpear un saco de boxeo… lo que sea que nos ayude a sacar, a vomitar lo que llevamos dentro. (*Importante, A veces las personas no pueden sostener las emociones y en seguida tratan de rescatarnos «no llores, a fulanito no le gustaría verte así», «no es para tanto», «no es tu culpa, no podías hacer nada», «no te pongas así, tienes que relajarte»… si tenemos confianza viene bien decir a nuestra gente: «lo que necesito de ti ahora mismo es que me escuches, no que trates de cambiar lo que siento»)
  • Aceptación del dolor. Por más que intentemos esconderlo, las pérdidas duelen, generan emociones desagradables e incómodas y no hay manera de volver a «lo de antes». Jose González nos hablaba de la metáfora del túnel, sólo hay un modo de salir de él: atravesándolo, aceptando la oscuridad para acercarnos gradualmente a la luz. El que no entra en el túnel, el que trata de volver atrás, el que elude el itinerario necesario para reentrar en la vida, pospone y prolonga el dolor.
  • Salir y entrar. Muchas veces no sabemos si debemos salir y distraernos o quedarnos en casa con una manta, nuestros recuerdos y nuestro vacío. Si nos distraemos mucho igual estamos huyendo de lo que nos sucede por dentro y no vamos a poder procesar el duelo de manera sana. Pero si nos encerramos en nuestra pérdida demasiado tiempo corremos el riesgo de aislarnos y lo cierto es que necesitamos reconectar con la vida para superar el duelo. La solución, por tanto: hacer las dos cosas, como un péndulo que se moviera de dentro a afuera, saber estar con nosotros mismos y salir y distraernos con los demás, saber conectar con la pérdida  y saber desconectar de ella.
  • Atender los problemas y situaciones que derivan de la pérdida. Es muy posible que nos encontremos con un panorama nuevo y que tengamos que atender a cuestiones prácticas: qué hacer con las pertenencias, papeleos, seguros, organización del hogar, mascotas… Si no nos sentimos con fuerzas para afrontar estas situaciones podemos darnos un tiempo, el que necesitemos, o delegar en personas de confianza, pero antes o después es sano que empecemos a tomar las riendas de nuestra vida y comencemos a tomar decisiones.
Derechos humanos básicos

Derechos humanos básicos

Estoy preparando una serie de entradas acerca de los límites y en alguno de ellos menciono una lista que me dio mi primera psicóloga acerca de los derechos humanos en la relación con los demás. Me resultó muy útil y pasados los años, ahora que soy psicoterapeuta, a veces soy yo quien da la lista a sus pacientes y de paso la recuerdo.

Fue elaborada por Patricia Jakubowski y Arthur J. Lange y creo que forma parte de un libro que habla de asertividad, de derechos y responsabilidades. Venga de donde venga agradezco a sus autores y con su permiso la comparto con vosotros. Espero que se os encienda, al menos, una lucecita.

DERECHOS HUMANOS BÁSICOS

  • El derecho a ser tratado/a con respeto y dignidad.
  • El derecho a rechazar peticiones sin tener que sentirte culpable o egoísta.
  • El derecho a sentir y expresar tus propios sentimientos.
  • El derecho a detenerte y pensar antes de actuar.
  • El derecho a cambiar de opinión.
  • El derecho a pedir lo que quieres (dándote cuenta de que la otra persona tiene derecho a decir que no).
  • El derecho a hacer menos de lo que humanamente eres capaz.
  • El derecho a ser independiente.
  • El derecho a decidir qué hacer con tu propio cuerpo, tiempo y propiedad.
  • El derecho a pedir información.
  • El derecho a cometer errores (y ser responsable de ellos).
  • El derecho a sentirte a gusto contigo mism@.
  • El derecho a tener tus propias necesidades y que esas necesidades sean tan importantes como las necesidades de los demás.
  • Además tienes el derecho de pedir (no exigir) a los demás que respondan a tus necesidades y de decidir si satisfaces las necesidades de los demás.
  • El derecho a tener opiniones y expresarlas.
  • El derecho a decidir si satisfaces las expectativas de otras personas o si te comportas siguiendo tus intereses (siempre que no violes los derechos de los demás).
  • El derecho a hablar con la persona involucrada y aclararlo (en caso límite en que los derechos no estén del todo claros).
  • El derecho a obtener aquello por lo que pagas.
  • El derecho a escoger no comportarte de manera asertiva o socialmente habilidosa.
  • El derecho a tener derechos y a defenderlos.
  • El derecho a ser escuchad@ y a ser tomad@ en serio.
  • El derecho a estar sol@ cuando lo escojas.
  • El derecho a hacer cualquier cosa mientras no violes los derechos de alguna otra persona.
  • El derecho a mantener tu dignidad y respeto comportándote de manera habilidosa o asertiva (incluso si la otra persona se siente herida) mientras no violes los derechos humanos básicos de los demás.
Mi cabeza me hace trampas.

Mi cabeza me hace trampas.

Tomo prestado el título de Carlos Mañas, autor y protagonista del libro Mi cabeza me hace trampas. Historia de un trastorno bipolar.

Conocí su historia escuchando unos podcast de psicología en spotify (Entiende tu mente, de Molo Cebrián) en los que recomendaban buscar los episodios completos del programa dedicado a Carlos, su diagnóstico de enfermedad mental grave y la repercusión en su entorno.

Podium podcast: Mi cabeza me hace trampas.

El comienzo es genial, creo que va al punto clave, lo que mantiene, potencia y casi me atrevería a decir que genera las enfermedades mentales (al margen de la predisposición genética): el miedo. Comienza preguntando a distintas personas «¿Qué sentirías si te dijera que vas a pasar el día con una persona diagnosticada con un trastorno mental grave?»… os podéis imaginar la respuesta de la mayoría.

A lo largo de los cinco episodios, de entre 15 y 20 minutos de duración, Carlos nos cuenta cómo era su vida y cómo cambió tras el diagnóstico, nos habla del día a día, de la suerte de tener la familia que tiene, del estigma que supone su aspecto físico bajo los efectos de la medicación, del sufrimiento explicado con palabras y situaciones que todos entendemos, sin definiciones científicas, de lo que le ayuda a sentirse mejor, lo que no le ayuda… Es muy interesante, no tiene desperdicio.

También podemos escuchar a un psiquiatra al que le encanta su trabajo, con una visión, para mí, muy humilde y sabia de la locura y de las personas con algún tipo de enfermedad mental grave; la experiencia de la directora de un centro de día para personas con enfermedad mental grave, la oposición que generó su proyecto entre los vecinos del barrio y la normalización pasados unos años; la voz de varios usuarios del centro y cómo vive cada uno su situación, la experiencia de la mujer y los hijos de Carlos y mucho más.

En fin, un programa muy completo, honesto y ligero.

Recomiendo a todo el mundo que lo escuche, creo que necesitamos muchos de estos para poder aceptar la locura, la de otros y la propia, con cariño y sin miedo.

Pincha aquí para escucharlo

Las rupturas duelen.

Las rupturas duelen.

Tanto es así que a veces preferimos mantener una relación sin amor o incluso una en la que sufrimos, por no enfrentarnos al impacto que tendría una separación en nuestras vidas.

Los españoles, además, tenemos un puntito melodramático, los latinos en general, “sin ti no soy nada”, “si tú no estás aquí me quema el aire”, “me estoy ahogando sin tu amor”… Nos criamos con historias, telenovelas, canciones tremendamente trágicas y tristes y con la idea de un único amor, una media naranja irremplazable sin la que no podemos seguir viviendo, no hablemos ya de ser medianamente feliz. Y eso cala. En parte está todo bien, cantamos, nos emocionamos y comentamos las rupturas ajenas que nos atraen como atraen los accidentes en la carretera. El problema viene cuando nos toca atravesar la ruptura, ahí ya no está tan bien haber mamado esa idea trágica del amor. No tenemos modelos sanos para afrontar la situación. No necesariamente sufrimos por pasionales, también puede ser que queramos ser tan civilizados y tan equilibrados que no demos espacio a sentir, a llorar nuestra pérdida, y también hay que saber romperse.

¿A dónde quiero llegar? pues a que estamos un poco perdidos en el desamor, no somos prácticos y muchas veces perdemos una oportunidad de oro para aprender de nosotros mismos. Al fin y al cabo, la única persona con la que vamos a tener que convivir sí o sí toda la vida, somos nosotros.

La ruptura es una gran maestra… con la actitud adecuada. Si no estamos atentos es muy fácil caer en reproches, culpas, preguntas sin respuesta, excesos o enfrentamientos de todo tipo que potencian y generan sufrimiento.

Las separaciones reabren y remueven heridas profundas que sentimos en las entrañas. Es una época estresante, de muchos cambios. Normalmente hay que tomar decisiones importantes. Y, en cualquier caso, una vez nos estabilizamos por fuera (casa, trabajo, hijos, perros, cosas) entonces, empezamos a sentir la pérdida. De la vida que soñábamos. De la persona que queríamos (la real o la que nos empeñábamos en ver, lo mismo da). Comienza el duelo.

Teniendo en cuenta este popurrí lo normal es pasar una época difícil, por no decir bastante cabrona. Y nos podemos atascar en ella.

¿Para qué te puede ayudar una terapia?

maestro-de-karate (1)  Para dar salida a la rabia sin daños colaterales.

medicina  Para aprender a convivir con un dolor en ocasiones muy intenso, recordar que puedes con él y comprobar que es pasajero.

flechas-de-bucle  Para no repetir las mismas historias aprendiendo cómo te relacionas.

Esto es interesante, dejarás de culpar a la mala suerte y empezarás a entender tu papel en la historia.  Darte cuenta de tu tendencia a hacer de niño pequeño o de mamá/papá, de tu tendencia a despertar admiración o dar pena, si tiendes a controlar y manejar o a dejarte llevar por el otro, si tiendes a tragar y tragar hasta que un día explotas o eres más de quejarte por todo, si tiendes a desconfiar o a mirar a otro lado ante los problemas… Revisando estas tendencias puedes evitar encajar con el mismo tipo de personas, las que se complementan con tu manera de relacionarte.

mano-de-nino-sobre-la-mano-de-un-adulto  Para reconocer tus heridas más profundas

Falta de cariño, reconocimiento o seguridad, exceso de culpa o exigencia o una sobreprotección que te hizo creer que eras débil y el mundo peligroso… Si aprendes a cuidarte y satisfacerte o si al menos eres consciente de estas heridas, no te lanzarás a buscar lo que te falta en relaciones que no te hacen feliz, a cualquier precio.

pareja-de-hombres  Para tener una buena relación, en su caso, con el padre o la madre de tus hijos.

Igual no es lo que más te apetece, igual lo que quieres es que se joda, o no volver a saber de él/ella, pero resulta que él/ella es el padre/la madre de tus hijos y ellos se merecen todo el esfuerzo del mundo, se merecen unos padres que a pesar de las diferencias aprenden a dejar atrás, o a un lado, el resentimiento y pasan a formar un equipo en su crianza y educación. Se merecen un buen modelo, aunque cueste.

diagrama  Para reforzar otras áreas de tu vida.

Si te has centrado mucho en tu pareja es posible que hayas descuidado otras facetas de tu vida y es importante recuperarlas: amigos, estudios, hacer cosas que te divierten, religión/espiritualidad si la sientes, familia, proyecto profesional, estar en forma, tu economía, antiguos sueños que aun te hacen vibrar, disfrutar del sexo (sí, a veces en pareja es lo que más se descuida…), etc.

Con esto no quiero decir que sea imprescindible hacer terapia, sino que es posible que te atasques y no consigas pasar página. En ese caso sí te recomiendo que pidas ayuda.

Cierra ese capítulo y empieza uno nuevo como a ti te gusta.

Cómo salgo de aquí

Cómo salgo de aquí

Salir

«Pasar de dentro afuera»

«Partir de un lugar a otro»

«Libertarse, desembarazarse de algo que ocupa o molesta»

«Aparecer, manifestarse, descubrirse»

«Nacer, brotar»

Lo primero, dónde estás. Tómate tu tiempo, mira a tu alrededor, escucha, huele, respira, ¿dónde estás? ¿seguro que estás aquí? ¿no andarás por Maravillas, el infierno de Dante, el día de la Marmota, tu recreación en bucle del pasado, futuros posibles o lo que podría haber sido si…?

Segundo, ¿seguro que quieres salir? Llevas mucho tiempo, años, representando este personaje, conoces sus matices y sus límites. Salir implica pérdida. ¿Vas a renunciar a la seguridad de lo conocido? ¿a las relaciones vacías, locas, dañinas, pero seguras? En tu trabajo de mierda (de mierda porque no te gusta) estás a salvo, en tus pajas mentales estás a salvo, por incómodas que sean. Y además, no todo es malo, hay recompensas ¿Renunciarás a los pequeños momentos de gloria? cuando una persona ajena reconoce tu sacrificio y te admira por ello (por sufrir como el que más) te sientes bastante bien, el (supuesto) placer de la fiesta con la drogaína fresca por tus venas es una gozada, la reconciliación mágica y pasional con tu pareja de maltrato (que se va a la mierda en cuestión de segundos) no tiene comparación. Instantes, algunos muy intensos, de algo parecido al amor. ¿Renunciarás? ¿Por algo desconocido?

Y tercero, cómo quieres salir. Sol@, acompañad@, a rastras, a oscuras; te apetece ir paso a paso o te lanzas a la piscina de lo radical. Igual quieres perderte un poco más en tu mierda para darle emoción al encierro o explorar tus propios límites.

 

Regresar

«Devolver o restituir algo a su poseedor»

«Volver al lugar de donde se partió»

Si no estás, vuelve. Reconquista tus pupilas, las yemas de todos tus dedos, los pelillos del brazo cuando se ponen de punta. Quiero decir, reconquista tu cuerpo, es el mejor lugar desde el que sentir la vida, es el único. La vida que eres y la vida de la que formas parte. Vuelve aquí, a tu cuerpo. Vuelve ahora, no lo dejes para después. Cuantos más ahoras, más viv@ te sientes y cuanto más viv@ te sientes, más fuerza y más foco y más ligero se vuelve todo.

Si una vez que has vuelto a donde estás, quieres salir de ahí, prepárate para decir adiós. Vas a dejar un lugar, simbólico o real, «partir de un lugar a otro«, déjalo. Vas a liberarte de algo que te incomoda, «libertarse, desembarazarse de algo que ocupa o molesta» suéltalo. Coge aire y despídete de quien solías ser, resdescúbrete. «Aparecer, manifestarse, descubrirse» «Nacer, brotar»

Y ahora elige el cómo. Esto es, actitud. Puedes «salir» con espíritu aventurero. Puedes pedir ayuda. Puedes arrodillarte y avanzar como un penitente. Un reto, una prueba que te pone la vida, una oportunidad, un juego… tú decides cómo vivirlo.

Actitud

«Postura del cuerpo, especialmente cuando expresa un estado de ánimo»

«Disposición de ánimo manifestada de algún modo»

A un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino.

Victor Frankl.

Fotografía de Cristina García Rodero, de la serie «España Oculta» 1980.